Recortar ciencia para financiar cañones es una apuesta que ya perdió antes

Recortar ciencia para financiar cañones es una apuesta que ya perdió antes

Washington propone desmantelar el aparato científico federal que sostiene industrias por valor de billones de dólares. El riesgo no es ideológico: es aritmético.

Gabriel PazGabriel Paz7 de abril de 20267 min
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El presupuesto que redibuja el mapa competitivo global

El 3 de abril de 2026, la Casa Blanca presentó su propuesta de presupuesto para el año fiscal 2027 con una arquitectura que merece lectura fría, sin aspavientos: $73 mil millones en recortes al gasto discrecional no militar, combinados con un incremento del gasto en defensa hasta $1.5 billones. La Fundación Nacional de Ciencias (NSF) perdería el 55% de su presupuesto, pasando de $9 mil millones a $4 mil millones. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) absorberían una reducción de más de $5 mil millones. La NASA vería su presupuesto científico reducido a la mitad. La Agencia de Protección Ambiental sufriría un recorte del 52%.

Estos números no describen una reforma administrativa. Describen un rediseño deliberado de qué tipo de potencia quiere ser Estados Unidos en las próximas dos décadas.

La pregunta estratégica no es si estos recortes son justos o injustos. La pregunta es qué rompen exactamente, y qué ventana de oportunidad abren para el resto del mundo mientras se ejecuta la demolición.

Lo que se cancela no es ideología, es infraestructura productiva

Hay una confusión frecuente en la cobertura de este presupuesto: se presenta como un debate cultural entre ciencia climática y energía fósil, entre programas de diversidad y meritocracia. Ese marco es conveniente para los comunicadores políticos, pero oscurece la mecánica económica real.

Cuando se elimina el Directorio de Ciencias Sociales, del Comportamiento y Económicas de la NSF —que distribuyó $154 millones en 2025 en lingüística, psicología social y ciencia cognitiva— no se está borrando burocracia. Se está cortando el flujo de capital a los laboratorios universitarios que producen las patentes y los investigadores que luego absorben empresas como Google, Meta o cualquier startup de interfaces humano-máquina. La relación entre esa financiación federal y el valor de mercado de la industria tecnológica no es metafórica: es el canal por donde viaja el talento formado con dinero público hacia el sector privado que lo monetiza.

La cancelación de la Misión de Retorno de Muestras de Marte, que implica $5.6 mil millones menos para la NASA, tiene consecuencias igualmente concretas. No porque Marte importe comercialmente hoy, sino porque los contratos, materiales y sistemas de navegación que esa misión habría desarrollado alimentan directamente la cadena de proveedores de una industria espacial comercial valuada en $400 mil millones. Lockheed Martin, los fabricantes de sensores criogénicos, los ingenieros de software de guiado: todos operan sobre una base de inversión pública que ahora se contrae.

El patrón se repite con el recorte del 43% a ARPA-E —la agencia de proyectos de investigación energética avanzada— que pasa de $350 millones a $200 millones. ARPA-E existe precisamente para financiar tecnologías con horizonte de riesgo demasiado largo para el capital privado. Cuando esa agencia se achica, no aparece un inversionista privado a cubrir el vacío: el proyecto simplemente no ocurre, o ocurre en otro país.

El costo real del recorte no está en el presente, sino en la siguiente década

El presupuesto federal de ciencia de EE. UU. sostiene un sistema de I+D que mueve más de $200 mil millones anuales. Ese sistema no funciona como un gasto operativo tradicional: funciona como una plataforma sobre la cual el sector privado construye sus apuestas de mayor retorno.

La NIH, con sus $47.2 mil millones actuales, es el mecanismo de subsidio implícito de la industria farmacéutica global. Cada dólar de financiación federal en investigación básica reduce el riesgo que una empresa como Pfizer o Moderna asume cuando entra a la fase clínica. Recortar $5 mil millones de ese flujo no elimina la investigación de golpe: la ralentiza entre cinco y quince años, que es precisamente el horizonte en que los mercados van a necesitar tratamientos para enfermedades neurodegenerativas, resistencia a antibióticos y medicina personalizada.

La American Physical Society ya advirtió públicamente sobre los efectos de reducir el presupuesto del Departamento de Energía en un 15%, el de la NASA en un 47% dentro del área científica, el del NIST en un 84% y el de la NSF en un 54%. No lo hacen por defensa gremial. Lo hacen porque entienden que la competitividad en inteligencia artificial y computación cuántica —las dos áreas que el propio presupuesto prioriza— depende de una base de física, matemática aplicada y ciencias de materiales que se construye durante décadas y se destruye en un ciclo presupuestario.

China invierte consistentemente en exactamente esas capas de infraestructura científica. Mientras Washington debate si financiar el Observatorio de Ondas Gravitacionales LIGO con $29 millones en lugar de $48 millones, Pekín está construyendo la base de talento que producirá los investigadores que dominen las tecnologías del período 2035-2050.

El presupuesto también propone limitar el gasto de las agencias en publicaciones científicas y suscripciones a revistas académicas. Es un detalle que pasa inadvertido en la mayoría de los análisis, pero que tiene consecuencias directas sobre la velocidad de circulación del conocimiento dentro del sistema federal. Menos acceso a literatura científica actualizada significa investigadores trabajando con información más antigua, lo que ralentiza la velocidad de hipótesis a experimento.

El experimento ya se hizo antes, y los resultados están disponibles

Este no es el primer presupuesto de esta naturaleza. La propuesta para el año fiscal 2026 tenía una arquitectura similar, y el Congreso la rechazó de forma bipartidista, financiando la NSF, la ciencia de la NASA y la NOAA en sus niveles previos. La historia legislativa sugiere que la resistencia volverá a ocurrir, y que los comités de apropiaciones del Senado y la Cámara marcarán el terreno antes del verano de 2026.

Pero esa resistencia no es garantía de estabilidad. Cada ciclo presupuestario en el que estas agencias operan bajo amenaza de recorte tiene efectos reales sobre la contratación de investigadores, la apertura de convocatorias y la capacidad de planificación plurianual de los laboratorios. La incertidumbre presupuestaria sostenida es, en sí misma, un mecanismo de degradación institucional que no requiere que los recortes se aprueben para producir daño.

Los líderes que toman decisiones de inversión en biotecnología, energía avanzada o defensa tecnológica no pueden esperar la resolución política. Necesitan leer el patrón estructural que este presupuesto revela y ajustar sus cadenas de talento, sus alianzas de investigación y su geografía de innovación en consecuencia. Las organizaciones que asuman que el sistema federal de ciencia de EE. UU. se mantendrá como referencia global sin costos de transición están calibrando su futuro sobre una suposición que el propio gobierno de Washington ha puesto en duda.

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