La deuda pública de EE.UU. ya no es un problema fiscal: es una trampa matemática
En 2025, el gobierno de los Estados Unidos pagó 970 mil millones de dólares solo en intereses sobre su deuda. No en programas sociales. No en defensa. No en infraestructura. En intereses. Ese número superó lo que el país gasta en Medicare, en educación y en la mayoría de las líneas del presupuesto federal. Y según las proyecciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), ese monto cruzará el umbral del billón de dólares en 2026 y llegará a 2.1 billones anuales para 2036.
Lo que el Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CRFB) denominó un potencial "espiral de deuda" no es retórica política. Es la descripción precisa de una dinámica compuesta: cuando la tasa de interés que pagas sobre tu deuda supera de manera sostenida la tasa a la que crece tu economía, cada año que pasa te endeuda más sin que hayas tomado ninguna decisión nueva. La matemática trabaja en tu contra de forma automática.
El umbral crítico proyectado llega en 2031. Para ese año, el CBO estima que el bono del Tesoro a 10 años rondará el 4.2%, mientras que el crecimiento nominal del PIB se habrá desacelerado al 3.5%. Una brecha de 70 puntos básicos que, sobre una base de deuda equivalente al 110% del PIB, genera una aceleración autónoma del endeudamiento que ningún recorte marginal del gasto puede neutralizar.
Cuando los números dejan de ser abstractos
Hay una forma más concreta de entender la escala de lo que está ocurriendo. Los intereses de la deuda estadounidense durante la próxima década sumarán 16.2 billones de dólares. Eso representa casi el doble, ajustado por inflación, de todo lo que el país pagó en intereses durante los 20 años anteriores. Puesto en términos individuales, equivale a 47,000 dólares por cada habitante del país, un monto 25 veces superior al presupuesto federal de infraestructura hídrica para los próximos 20 años.
El pago diario de intereses en 2026 promediará 2,800 millones de dólares. Para 2036, ese número llega a 5,900 millones diarios. Cada amanecer, antes de que el gobierno federal gaste un solo dólar en servicios, transfiere casi seis mil millones de dólares a los tenedores de deuda.
Esta transferencia no es neutra desde el punto de vista distributivo ni estratégico. Los tenedores extranjeros de deuda del Tesoro representan históricamente cerca del 30% del total. Una porción significativa del servicio diario de esa deuda fluye fuera de las fronteras del país, sin retorno productivo para la economía interna. Y a medida que los déficits se amplían, de 1.9 billones en 2027 a 3.1 billones en 2036, la necesidad de colocar nueva deuda en mercados cada vez más exigentes mantiene la presión sobre los rendimientos. El ciclo se retroalimenta.
La arquitectura fiscal que hizo posible esta trayectoria
Para entender cómo llegó el sistema a este punto, hay que mirar la secuencia de decisiones que lo configuraron. La deuda pública en manos del sector privado y extranjero representaba el 98% del PIB al cierre del año fiscal 2024, subiendo desde el 97% de 2023. El umbral del 99% se alcanzó en 2025 y el récord histórico post Segunda Guerra Mundial de 106% del PIB se superará antes de 2030.
Dos fuerzas estructurales explican esta trayectoria. La primera es el ciclo de tasas: la Reserva Federal llevó los tipos desde niveles cercanos a cero hasta el rango 5.25-5.5% en julio de 2023 para combatir la inflación. Ese ajuste multiplicó el costo del servicio sobre los 38 billones de dólares de deuda bruta federal, ya que una proporción relevante de los bonos debió refinanciarse a tasas significativamente más altas. El efecto sobre el gasto en intereses fue inmediato: entre 2021 y 2025, los pagos pasaron de 352 mil millones a 970 mil millones, un crecimiento acumulado de más del 175%.
La segunda fuerza es legislativa. Los cambios aprobados desde enero de 2025, incluyendo las disposiciones fiscales contenidas en lo que el CBO denomina cambios legislativos recientes, añadieron 3.4 billones de dólares a los déficits proyectados para la próxima década, con reducción de ingresos individuales y corporativos. Las nuevas tarifas aduaneras generaron 2.7 billones en ingresos técnicos adicionales, amortiguando parcialmente el impacto, pero la brecha neta de 700 mil millones permanece, y se acumula sobre una base de deuda que ya genera sus propios intereses.
El resultado es que los ingresos federales, aunque crecen modestamente hacia un promedio del 17.7% del PIB, quedan estructuralmente por debajo de los gastos. Para 2036, los intereses solos consumirán el 25.8% de cada dólar de ingresos federales. Hace 30 años, ese porcentaje se consideraba una señal de estrés fiscal severo. En 1991, la cifra del 18.6% fue históricamente criticada. En 2026 ya la superamos, camino al 26%.
Lo que esto rediseña para quienes asignan capital
Un Estado que dedica una fracción creciente de sus ingresos a pagar deuda pasada dispone de menos margen para contratos futuros, subsidios, garantías e inversión en infraestructura. Para las empresas con exposición significativa al gasto federal, esto no es una variable macroeconómica distante: es un riesgo de ingresos con fecha de vencimiento visible.
La dinámica de tasas tiene consecuencias igualmente directas sobre el costo de capital corporativo. Con la tasa del Tesoro a 10 años proyectada en 4.4% para 2031, el piso de financiación para proyectos de capital intensivo, manufactura, infraestructura privada o expansión mediante deuda se eleva en paralelo. Las empresas altamente apalancadas que refinancien posiciones en esa ventana enfrentarán costos de deuda estructuralmente más altos que los de la década anterior.
Más allá del costo directo, la deuda en trayectoria hacia el 120% del PIB en 2036 absorbe ahorro doméstico que de otro modo financiaría inversión privada. Cuando el gobierno compite por los mismos flujos de capital que necesitan las empresas para crecer, el precio de ese capital sube para todos. La desaceleración del PIB real hacia el 1.8% anual después de 2026 no es independiente de esta dinámica: es parcialmente su consecuencia.
El CRFB advierte que cruzado el umbral de 2031, revertir la trayectoria se vuelve "casi imposible" sin intervenciones de magnitud excepcional. No por una razón política, sino por una razón aritmética: una vez que la tasa de interés sobre la deuda supera de forma sostenida la tasa de crecimiento de la economía, el ratio deuda-PIB se deteriora incluso con presupuesto primario equilibrado. Se necesita superávit primario, no solo equilibrio, para estabilizar la trayectoria. Y los números actuales apuntan en dirección contraria.
El margen de maniobra se cierra antes de lo que los modelos convencionales sugieren
Los líderes empresariales y los asignadores de capital que operan con horizontes de cinco a diez años deben incorporar un escenario en el que el Estado estadounidense enfrenta una presión fiscal creciente, opciones de gasto discrecional reducidas y una competencia activa por el capital disponible. Ese escenario no requiere una crisis dramática ni un colapso de los mercados de bonos para materializarse: opera de forma silenciosa y acumulativa, trimestre a trimestre, en el costo de financiación, en la disponibilidad de contratos públicos y en la velocidad a la que el crecimiento real puede sostenerse.
Las organizaciones que construyan sus modelos de negocio asumiendo que el Estado mantendrá su capacidad de intervención y subsidio al ritmo histórico de las últimas décadas están diseñando sobre una base que la matemática del endeudamiento está erosionando de manera metódica. Quien entienda esa erosión con suficiente anticipación puede reposicionarse antes de que el mercado la descuente.










