Bessent negocia con China mientras los aranceles demuestran que el dolor es mutuo

Bessent negocia con China mientras los aranceles demuestran que el dolor es mutuo

El secretario del Tesoro lidera las conversaciones previas a la cumbre Trump-Xi con un acuerdo de octubre que no revirtió la caída del comercio bilateral. Los aranceles del 125% no doblegaron a China; solo reordenaron los flujos.

Francisco TorresFrancisco Torres16 de marzo de 20267 min
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Bessent negocia con China mientras los aranceles demuestran que el dolor es mutuo

El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, encabeza las conversaciones con China previas a la cumbre que el presidente Donald Trump tiene prevista en Beijing entre el 31 de marzo y el 2 de abril de 2026. El telón de fondo no es favorable: los aranceles estadounidenses llegaron a rozar el 125% sobre productos chinos en mayo de 2025, y aun después de la tregua parcial de octubre, el comercio bilateral registró una caída del 16,9% en los primeros meses de 2026. China, por su parte, cerró ese mismo período con un superávit comercial récord impulsado por exportaciones de electrónica y maquinaria. Ese dato solo resume la paradoja central de esta guerra arancelaria: la herramienta que Washington diseñó para reducir el déficit lo está agravando en términos relativos.

El acuerdo de octubre no cerró nada; compró tiempo

El pacto alcanzado en octubre de 2025 fue presentado como un hito. Los titulares hablaron de compromisos chinos por 25 millones de toneladas métricas anuales de soja estadounidense entre 2026 y 2028, el levantamiento de controles de exportación sobre tierras raras y minerales críticos, y el fin de las investigaciones antimonopolio contra empresas de semiconductores de EE.UU. Washington, a cambio, recortó los aranceles relacionados con fentanilo en 10 puntos porcentuales y extendió las exclusiones arancelarias de la Sección 301 hasta noviembre de 2026.

Visto desde la economía unitaria del acuerdo, las cifras son llamativas pero insuficientes. 25 millones de toneladas de soja a aproximadamente 400 dólares la tonelada equivalen a unos 10.000 millones de dólares anuales; una cifra relevante para los productores del Medio Oeste, pero marginal frente a un déficit comercial bilateral que supera los 300.000 millones de dólares anuales. Los agricultores estadounidenses perdieron cerca de 15.000 millones de dólares en ventas anuales durante la guerra arancelaria y el gobierno ha destinado 39.000 millones de dólares en subsidios entre 2018 y 2026 para compensarlos. Dicho de otra forma: Washington está pagando para que sus propios productores soporten las consecuencias de su política comercial mientras negocia que China les compre lo que ya les compraba antes.

El patrón no es nuevo. La Fase Uno de enero de 2020 estableció compromisos de compra de 200.000 millones de dólares adicionales entre 2020 y 2021 que China nunca cumplió. El Peterson Institute documentó que las exportaciones reales de EE.UU. a China cayeron un 13% en 2019 respecto al período previo a la guerra arancelaria. El acuerdo de octubre de 2025 replica la misma arquitectura: compromisos cuantitativos chinos a cambio de concesiones arancelarias estadounidenses, sin mecanismo de verificación vinculante.

La geometría del poder tiene forma de tierras raras

Lo más revelador de las negociaciones que conduce Bessent no está en los volúmenes de soja sino en el capítulo de minerales. Cuando Washington impuso aranceles recíprocos del 34% en abril de 2025, Beijing respondió días después con controles de exportación sobre tierras raras y minerales críticos. Esa respuesta fue, según el análisis de China Briefing, la palanca más efectiva que Beijing tiene sobre las cadenas de suministro industriales de Occidente.

China domina la producción y refinación de estos materiales, que son insumos directos para fabricar vehículos eléctricos, baterías, equipos de defensa y semiconductores. El mercado de importación de EE.UU. en este segmento se estima entre 5.000 y 10.000 millones de dólares, pero el impacto en caso de interrupción no se mide en dólares de importación sino en paradas de producción en industrias que mueven cientos de miles de millones. Cuando Beijing cedió en ese punto dentro del acuerdo de octubre, no lo hizo por debilidad: lo hizo porque ya había establecido que podía usar ese instrumento en cualquier momento. Levantó la restricción sin desmantelar la capacidad de reimponerla.

Este es el mecanismo de poder asimétrico que los analistas de TD Bank describen con precisión: la tolerancia al dolor de China es estructuralmente mayor que la de EE.UU. en este ciclo. China puede redirigir exportaciones hacia otros mercados, absorber la presión interna con política fiscal y monetaria propia, y esperar. EE.UU., en cambio, subsidia a sus agricultores, enfrenta presiones inflacionarias por costos de importación más altos y ve cómo sus empresas pierden contratos en el mercado chino frente a competidores brasileños, australianos y europeos. Para que los aranceles lograran equilibrar el déficit bilateral, la USTR estima que haría falta sostener una tasa efectiva del 68%, más del doble del nivel actual de aproximadamente el 30% (10% recíproco más 20% por fentanilo).

Irán complica la aritmética antes de que empiece la cumbre

El tercer vector en las negociaciones de Bessent es el menos manejable: Irán. China importó 2.860 millones de dólares en bienes iraníes entre enero y noviembre de 2025, lo que lo convierte en el principal socio comercial de Teherán. Washington ha amenazado con aranceles secundarios del 25% sobre entidades que mantengan esa relación comercial. Para Beijing, ese ultimátum afecta directamente a empresas de petróleo, transporte marítimo y finanzas que operan en la órbita de los lazos energéticos con Irán.

La complicación operativa es que este es un terreno donde los incentivos económicos chinos y las demandas geopolíticas de EE.UU. chocan de frente sin espacio obvio para un intercambio. A diferencia de la soja o los semiconductores, donde hay un precio de mercado que facilita cuantificar concesiones, las relaciones energéticas tienen dimensiones estratégicas y de seguridad que no se resuelven con una tarifa compensatoria. Introducir este punto en la agenda de una cumbre comercial eleva el umbral de lo que Beijing necesita recibir a cambio de cualquier movimiento en esa dirección, y complica los tiempos de cualquier acuerdo amplio.

Lo que el 16,9% de caída revela sobre la dirección real

El dato más informativo de todo este ciclo no está en los comunicados de prensa sino en el comportamiento de las cadenas de suministro post-acuerdo. A pesar del pacto de octubre de 2025, el comercio bilateral entre EE.UU. y China cayó un 16,9% en los primeros meses de 2026. Esa cifra indica que las empresas no esperaron a que los aranceles volvieran a subir para reconfigurar sus operaciones: ya lo hicieron, y no piensan revertirlo por una tregua que vence en noviembre de 2026.

Las fábricas que trasladaron producción a Vietnam, México o India no van a devolverla porque Bessent y su contraparte china alcancen un acuerdo de compras agrícolas. Ese ajuste estructural tiene costos hundidos que lo hacen prácticamente irreversible en el corto plazo. El Instituto Peterson y China Briefing coinciden en que los flujos comerciales se han recalibrado de forma permanente, independientemente del tono diplomático de la cumbre de abril.

Lo que está en juego en las conversaciones que conduce Bessent no es recomponer el comercio bilateral al nivel de 2017. Ese escenario ya no existe. El objetivo más acotado, y probablemente más realista, es establecer un piso que evite una nueva escalada mientras ambos países gestionan una separación gradual de sus cadenas de valor. Un piso que, con 30% de aranceles efectivos todavía vigentes y amenazas de aranceles secundarios sobre Irán sobre la mesa, sigue siendo considerablemente alto para cualquier empresa que necesite planificar a 18 meses.

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