La pista de hielo como activo financiero: cuando descarbonizar deja de ser un gesto y se vuelve margen

La pista de hielo como activo financiero: cuando descarbonizar deja de ser un gesto y se vuelve margen

La sostenibilidad en el patinaje ya no se decide en el manifiesto, sino en la factura eléctrica y en el diseño del evento. La ISU pone números sobre la mesa y obliga a convertir la pista de hielo en una unidad económica optimizable.

Lucía NavarroLucía Navarro4 de marzo de 20266 min
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El patinaje sobre hielo siempre vendió una ilusión de pureza: un deporte de precisión, silencio y control. Pero su infraestructura es lo contrario de liviana. La pista es una máquina térmica funcionando contra la física, día y noche, y el sistema competitivo global se apoya en una logística que vuela. Por eso el dato de referencia importa: en la temporada 2018-2019, un estudio base de la International Skating Union (ISU) atribuyó a las pistas de hielo el 25% de las emisiones asociadas, mientras que el transporte —principalmente vuelos— explicó 67%.[1]

Esa distribución cambia la conversación. Si el grueso está en movilidad, la gestión del evento se convierte en política climática; y si una cuarta parte está en la pista, el operador del recinto deja de ser un actor secundario para pasar a ser un socio crítico del modelo de negocio del deporte. La ISU respondió con un marco formal: el 26 de enero de 2024 lanzó su Sustainability Strategy y una ruta de implementación ligada a su Vision 2030, con la ambición explícita de net-zero en 2040.[2][1] El discurso institucional acompaña, pero lo realmente transformador es el giro operativo: calculadoras, plantillas de reporte y guías de evento que convierten el impacto en contabilidad accionable.[1]

Mi lectura, como estratega de impacto enfocada en viabilidad económica, es directa: esto es menos una cruzada moral y más una corrección de incentivos. La sostenibilidad en pistas de hielo solo va a escalar cuando la descarbonización se trate como gestión de costos, riesgo y reputación, con responsables y números auditables.

El dato que incomoda a todos: el hielo emite, pero volar emite más

El primer mérito de la ISU es brutalmente empresarial: puso una línea base. La fragmentación del debate climático en deportes suele esconderse detrás de campañas inspiracionales, pero la línea base obliga a priorizar. Si el 67% está en transporte y el 25% en pistas, entonces la estrategia no puede quedarse en “hacer la pista más verde” mientras el calendario, la sede y la estructura de viajes siguen intactos.[1]

A nivel de poder, este reparto de emisiones redistribuye responsabilidades. La federación y los organizadores concentran decisiones de calendario y sedes; los equipos, atletas y patrocinadores empujan la movilidad; y los operadores de pistas cargan con el costo energético y de refrigeración que sostiene el espectáculo. Cada uno optimiza su propio presupuesto, pero el carbono agregado lo paga la marca del deporte, su licencia social y, cada vez más, sus contratos.

Por eso el enfoque de la ISU en herramientas de medición es más relevante que cualquier eslogan. Una calculadora de sostenibilidad y plantillas de reporte convierten lo que antes era una discusión etérea en una rutina de cierre: medir emisiones del evento, registrar residuos, comparar ediciones, y justificar inversiones en mejoras del recinto.[1] Cuando se mide, aparece la economía: qué cambios reducen gastos operativos, qué cambios solo son cosmética, y qué decisiones logísticas multiplican el impacto sin aportar ingresos.

La consecuencia práctica para el negocio es incómoda pero útil: si el transporte domina, la ventaja competitiva de un evento no dependerá solo del “mejor hielo”, sino del diseño integral del circuito. El patinaje que aprenda a competir con menos vuelos —por estructura, no por culpa individual— se vuelve más defendible en costos y en patrocinio.

La estrategia de la ISU: de la declaración a la hoja de cálculo operativa

La ISU no solo anunció una ambición; formalizó un sistema de ejecución. Su estrategia, lanzada el 26 de enero de 2024, se articula como un despliegue de varios años mediante un Sustainability Commitment firmado por su Consejo, con pilares ambientales, sociales y económicos para sus disciplinas.[2] En paralelo, la federación sostiene un objetivo de net-zero para 2040 dentro de Vision 2030.[1]

En el plano de gobernanza, la creación del Environmental Sustainability Working Group, encabezado por una integrante del Consejo de la ISU, Maria Teresa Samaranch, e integrado por atletas como el canadiense Elladj Baldé, es una señal de diseño institucional: sumar legitimidad interna y tracción cultural desde quienes compiten y desde quienes deciden.[3] No es filantropía, es gestión de adopción. En deportes, la resistencia no suele venir de la falta de evidencia, sino del costo de cambiar rutinas y de la fricción entre actores.

El presidente de la ISU, Jae Youl Kim, lo enmarcó como un deber y como un esfuerzo colaborativo para un legado sostenible e inclusivo.[2] Esa narrativa es necesaria, pero lo decisivo es lo operativo: guías para eventos, medición y reconocimiento a través de los ISU Sustainability Awards, orientados a reducción de huella, optimización energética de arenas, viajes y residuos.[3] Premiar es una herramienta de mercado: crea una liga reputacional dentro de la industria y empuja inversión donde antes se postergaba.

Mi punto crítico es este: el sistema solo será tan fuerte como su capacidad de traducirse en contratos. Herramientas y premios alinean comportamientos, pero el cambio real llega cuando el promotor, el recinto y el patrocinador pactan requisitos verificables. La ISU está construyendo el lenguaje común para que eso ocurra.

Milano Cortina 2026 y el nuevo estándar: reutilizar infraestructura como estrategia de capital

Los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano Cortina 2026 aparecen como acelerador porque proponen un modelo de inversión menos adicto a construir. Más del 90% de las sedes serán existentes o temporales, incluyendo recintos renovados de Cortina 1956.[5] Ese enfoque no solo reduce emisiones potenciales; reduce riesgo financiero y presión de capex, que históricamente ha sido el talón de Aquiles de muchas candidaturas.

Además, el plan energético de los Juegos se apoya en 100% electricidad renovable certificada y uso de biocombustible HVO para máquinas pisa-nieve y generadores.[5] Y hay una decisión que, aunque suene menor, es una clase de economía circular aplicada a gran escala: reutilizar 20.000 piezas de mobiliario provenientes de París 2024.[5] Esto es disciplina de balance: convertir lo que suele ser gasto efímero en activo reubicable.

La alimentación, que en megaeventos puede disparar impacto y costo, también se está reencuadrando con aprendizaje de París 2024: servir 13 millones de comidas con menos de la mitad de las emisiones de una comida francesa promedio, como referencia para lo que Milano Cortina adopta.[5] No necesito más narrativa aspiracional; lo que importa es que estas cifras dan permiso político y técnico para exigirlo a proveedores.

Este estándar olímpico empuja al resto del circuito por dos vías: normaliza exigencias en licitaciones y sube el listón para patrocinadores que ya no aceptan reportes vagos. Si un evento de escala olímpica opera con renovables certificadas y reutiliza infraestructura, un campeonato continental queda expuesto cuando sigue operando sin medición y sin plan.

El negocio detrás del “hielo sostenible”: costos, riesgo regulatorio y licencia social

Cuando un recinto consume energía intensiva y depende de refrigerantes, agua y operación continua, la sostenibilidad no es un adorno; es una línea de costos con volatilidad. La propia ISU subraya que mejorar sostenibilidad puede reducir emisiones y bajar costos operativos, además de fortalecer la resiliencia ante precios de energía.[1] En el tablero del CFO, esto es cobertura: invertir en eficiencia para estabilizar gasto y disminuir exposición a futuras exigencias de reporte.

También hay una verdad incómoda: las pistas representan una porción relevante del impacto, pero no la mayoría. Por eso, el operador que solo optimiza su planta sin negociar logística de delegaciones se queda con una victoria parcial. El modelo extractivo clásico en eventos es trasladar costos invisibles a la comunidad y al entorno mientras se capturan ingresos por entradas, derechos y patrocinio. El modelo sostenible real redistribuye valor: el recinto ahorra energía, el organizador reduce residuos y evita sanciones reputacionales, la ciudad recibe infraestructura reutilizable y mejores prácticas, y el patrocinador compra asociación con desempeño medible.

En ese sentido, la guía y las herramientas de la ISU funcionan como estandarización de mercado. Permiten comparar eventos, evidenciar mejoras como las reportadas en el European Speed Skating Championships en Hamar (Noruega) con recortes en residuos y energía, y convertir esas mejoras en argumento comercial.[1] El patrocinio, que tradicionalmente compra visibilidad, está migrando a comprar coherencia operacional.

También hay un riesgo estratégico: depender de subsidios o de gestos de una sola edición. La sostenibilidad que escala es la que se paga sola, edición tras edición, porque reduce OPEX y protege ingresos. Si la industria del hielo deja este esfuerzo en manos de fondos ocasionales o de campañas, la estrategia muere cuando el ciclo económico se endurece.

La orden correcta al C-Level: convertir sostenibilidad en especificación contractual

La ISU está moviendo el patinaje desde la retórica hacia la gestión: línea base de emisiones, herramientas de medición, gobernanza interna, y un horizonte claro hacia 2040.[1][2] Milano Cortina 2026 está empujando la vara con 90% de sedes existentes o temporales, electricidad renovable certificada y reutilización tangible de activos.[5] Todo esto marca una dirección: el deporte está creando un estándar y, con él, un filtro económico.

Para los líderes de recintos, organizadores y marcas, la jugada no es “sumarse” a una tendencia, sino blindar el negocio. La sostenibilidad que importa en pistas de hielo es la que entra en el pliego de condiciones: medición obligatoria, reporte comparable, requisitos energéticos verificables, compras circulares y logística diseñada para reducir el componente dominante de emisiones, el transporte.[1] Esa es la diferencia entre un compromiso que vive en una presentación y un modelo que se sostiene en caja.

El mandato para el C-Level es operativo y moral a la vez, sin teatro: auditen su cadena de valor y escriban contratos que premien eficiencia real y penalicen desperdicio. Usen el dinero como combustible para elevar a las personas y no a las personas y al entorno como combustible para generar dinero.

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