El consumo de sustancias en el trabajo no es un problema de RRHH

El consumo de sustancias en el trabajo no es un problema de RRHH

Uno de cada tres empleados estadounidenses usa sustancias durante la jornada laboral para sobrevivir el estrés. Antes de buscar la política correcta, el liderazgo debería preguntarse qué arquitectura cultural fabricó esa necesidad.

Simón ArceSimón Arce14 de abril de 20267 min
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El dato que ningún comité de bienestar quiere leer en voz alta

Un estudio de Bupa publicado en enero de 2025 establece que el 34% de los empleados encuestados admite usar o presenciar el uso de sustancias o conductas adictivas durante el horario laboral. El 48% declara hacerlo para sobrellevar el estrés del trabajo. El 46% señala la presión laboral como factor directo. Y un 57% admite luchar con alguna forma de adicción, desde el alcohol hasta el juego. Mientras tanto, el 71% de los empleadores dice estar preocupado por el tema, pero solo el 16% de los trabajadores percibe que su empresa hace algo al respecto.

Esa brecha entre la preocupación declarada y el apoyo percibido no es un error de comunicación interna. Es el retrato más honesto de una cultura organizacional que ha aprendido a gestionar los síntomas con declaraciones de intención y a ignorar las causas con políticas de bienestar decorativas. Cuando casi 6 de cada 10 empleados luchan con alguna adicción y solo 1 de cada 6 siente el respaldo de su organización, no estamos ante un problema de recursos humanos. Estamos ante el síntoma de un contrato psicológico roto, y la firma de ese contrato siempre lleva el sello del liderazgo.

La investigadora Emily R. Thornton, PhD, LCADC, que supervisó una encuesta propia con 1.000 trabajadores estadounidenses publicada en noviembre de 2025, describe la situación como "una crisis creciente que exige tanto acción por parte de los empleadores como mayor acceso a apoyo profesional". Sus datos son aún más precisos en términos generacionales: el 69% de la generación Z y el 68% de los millennials consumen sustancias semanal o diariamente para gestionar el estrés laboral, más del doble que el 31% registrado entre los baby boomers. La presión financiera encabeza los factores de estrés con un 47% de prevalencia general. La amenaza de los despidos y la adopción de inteligencia artificial contribuyeron al aumento del consumo en 1 de cada 4 personas de la generación Z y en 1 de cada 3 millennials.

Lo que el líder arquitecto construyó sin saberlo

Hay una mecánica que las organizaciones raramente auditan con honestidad: la cultura no es lo que se escribe en los valores corporativos, es la suma de las conversaciones que no se tuvieron. Cuando el 40% de los empleados encuestados por Bupa atribuye sus conductas adictivas a la cultura del lugar de trabajo, están señalando algo estructural, no individual. No están describiendo a un compañero con mal carácter. Están describiendo un sistema de incentivos, de normas no escritas, de exigencias implícitas que el liderazgo diseñó, toleró o simplemente nunca tuvo el coraje de cuestionar.

El investigador de la Universidad Estatal de Ohio identificó en 2025 que el 9% de los trabajadores en sus treinta años usa alcohol, marihuana o drogas duras durante la jornada laboral, con los índices más altos en sectores de alta exigencia física y emocional como la construcción o los servicios de alimentos. Sus palabras merecen repetirse sin adorno: "Es fácil culpar a alguien por usar sustancias, pero queremos prestar atención a sus condiciones laborales y a las barreras en el lugar de trabajo." Y añade que quienes trabajan bajo condiciones adversas con pocas herramientas de bienestar económico tienden a usar sustancias como mecanismo de adaptación. El mismo investigador subraya que las variaciones en las políticas de sustancias de las empresas pueden explicar las diferencias entre industrias, y que las políticas integrales que incluyen iniciativas favorables a la recuperación se correlacionan con reducciones significativas en el consumo.

Dicho de otro modo: cuando el 20% de los centros de trabajo carece de cualquier política sobre sustancias, no estamos hablando de un vacío legal. Estamos hablando de una decisión de liderazgo. La omisión también es arquitectura.

Lo que este conjunto de datos revela no es una epidemia de debilidad individual entre los trabajadores. Revela que los líderes han construido, con sus decisiones cotidianas, organizaciones donde la presión supera sistemáticamente los recursos disponibles para procesarla. Cuando eso ocurre durante el tiempo suficiente, los trabajadores no se rinden, se adaptan. Y la adaptación disponible más accesible, más barata y más silenciosa es precisamente la que estos estudios documentan. Un millennial que gasta más de 50 dólares al mes en sustancias por estrés laboral, como lo hace el 61% de los encuestados por Thornton, no está tomando una decisión irracional. Está tomando la única decisión que su entorno organizacional le dejó tomar.

El costo que no aparece en el estado de resultados

El 51% de los empleados cita el estigma como la barrera principal para buscar ayuda. Ese dato tiene una implicación directa para cualquier directivo que lea esta columna con honestidad: el estigma no vive en el individuo, vive en la norma cultural del equipo. Y esa norma la establecen los modelos de conducta más visibles de la organización, empezando por quienes la lideran. Cuando el liderazgo normaliza la hiperexigencia, celebra la disponibilidad permanente y trata el agotamiento como señal de compromiso, no construye una política de sustancias, construye la necesidad de ellas.

El precio operativo de este fenómeno no está completamente cuantificado en los estudios disponibles, pero la dirección es inequívoca. 1 de cada 3 millennials reporta que el consumo de sustancias frenó su avance profesional, frente a 1 de cada 10 baby boomers. Eso no es solo un dato de bienestar. Es una señal de retención de talento en una generación que representa el mayor bloque de la fuerza laboral activa. Las organizaciones que ignoren esta conexión no perderán empleados por falta de presupuesto de bienestar, los perderán por haber construido entornos donde el talento joven necesita anestesiarse para funcionar.

La demanda es transparente: el 92% de los trabajadores encuestados cree que los empleadores deben priorizar el apoyo a la salud mental. Esa cifra no es una petición de un beneficio adicional. Es el reconocimiento colectivo de que el contrato laboral tal como está diseñado produce daño, y de que quienes tienen poder para rediseñarlo no lo están usando.

La conversación que el liderazgo lleva años evitando

No hay política de bienestar que repare lo que una cultura de rendimiento sin límites destruye. Los programas de asistencia al empleado, los talleres de mindfulness, las aplicaciones de meditación corporativa son instrumentos útiles cuando se usan para complementar un entorno sano. Cuando se usan para enmascarar uno tóxico, se convierten en el equivalente organizacional de ofrecer analgésicos en lugar de tratar la fractura.

Lo que los datos de 2025 están pidiendo al C-Level no es un nuevo proveedor de salud mental ni una política revisada de tolerancia cero. Están pidiendo una autoevaluación estructural: ¿qué decisiones de diseño organizacional, qué metas, qué normas de disponibilidad, qué ausencias de límites claros produjeron el entorno que estos trabajadores necesitan sobrellevar con sustancias? La respuesta a esa pregunta no vive en el departamento de recursos humanos. Vive en cada reunión que el liderazgo elige no tener, en cada conversación incómoda que pospone indefinidamente, en cada señal de agotamiento del equipo que reencuadra como "alta exigencia de mercado".

La cultura de toda organización es el resultado natural de perseguir un propósito con coherencia entre lo que se dice y lo que se tolera, o bien el síntoma acumulado de todas las conversaciones que el ego del líder convirtió en silencio administrativo.

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