El colapso silencioso de las mariposas y el costo que nadie está contabilizando

El colapso silencioso de las mariposas y el costo que nadie está contabilizando

Un 22% menos de mariposas en veinte años no es una estadística ambiental: es una señal de alarma financiera que los balances agrícolas aún no han procesado. La cadena de valor que sostiene $15 mil millones en cultivos dependientes de polinizadores está perdiendo uno de sus pilares más invisibles.

Gabriel PazGabriel Paz15 de abril de 20267 min
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El colapso silencioso de las mariposas y el costo que nadie está contabilizando

El 6 de marzo de 2025, la revista Science publicó el estudio más exhaustivo sobre poblaciones de mariposas realizado en Estados Unidos. Más de 650,000 observaciones, más de 9,000 sitios monitoreados, 342 especies analizadas durante dos décadas. El resultado es contundente: entre 2000 y 2020, la abundancia total de mariposas cayó un 22%, a un ritmo sostenido de 1.3% anual. Donde antes había cinco mariposas, hoy hay cuatro.

El titular sobre las cinco especies que prosperan gracias al calentamiento climático es comprensible desde el punto de vista editorial. Pero distrae de la aritmética que importa: 107 especies cayeron más del 50% en ese período, 22 de ellas más del 90%. El investigador principal Collin Edwards lo describió con precisión quirúrgica: "Puede que no suene como mucho, pero se acumula rápidamente, y significa que hemos perdido más del 20% de las mariposas en apenas veinte años."

Esa acumulación es exactamente el problema que los modelos de riesgo corporativo todavía no saben leer.

Cuando la biología se convierte en contabilidad

La narrativa estándar sobre el declive de los polinizadores se detiene en la ecología. Pero los números de este estudio apuntan a algo que los CFOs de las industrias agroalimentarias deberían tener en sus tableros de control.

Los cultivos dependientes de polinizadores generan entre $15,000 y $20,000 millones anuales en Estados Unidos, desde almendras hasta arándanos. Las mariposas no son los únicos actores en ese sistema, pero forman parte de la arquitectura funcional que lo sostiene. Cuando un componente de esa arquitectura pierde el 22% de su volumen en dos décadas, el sistema completo se vuelve más frágil ante perturbaciones climáticas o fitosanitarias. La redundancia biológica, ese colchón invisible que amortigua las pérdidas en temporadas adversas, se adelgaza.

El caso de los monarcas occidentales ilustra hasta dónde puede llegar esta dinámica. En 2024, su población se situó en 9,119 individuos, una caída del 96% respecto a las 233,394 registradas en 2023. Investigadores estiman un riesgo de extinción de entre el 48% y el 99% en un horizonte de 60 años. Las granjas de aguacate y almendras en California, que en conjunto representan alrededor de $11,000 millones en producción anual, operan sobre un andamiaje polinizador que se está erosionando de forma estructural, no coyuntural.

El Medio Oeste refuerza el argumento. Datos de 1992 a 2023 sobre 136 especies no registran ni un solo incremento neto. 59 especies cayeron entre un 1.2% y un 6.9% anual, acumulando una pérdida total del 40% en esa región. De 100 individuos por condado a principios de los noventa, hoy quedan 60. Eso no es variación estacional. Es una tendencia estructural.

La trampa del modelo extractivo aplicada a sistemas vivos

Lo que el estudio publicado en Science documenta es el costo diferido de un modelo que trata los servicios ecosistémicos como si fueran gratuitos e inagotables. Durante décadas, la cadena de valor agroindustrial optimizó sus costos sobre el supuesto implícito de que la naturaleza seguiría aportando polinización, control de plagas y fertilidad del suelo sin cargo alguno. Ese supuesto está siendo refutado en tiempo real.

Los neonicotinoides, insecticidas cuyo mercado global alcanza los $3,000 millones anuales, aparecen en la literatura científica como uno de los factores contribuyentes al declive. La Unión Europea los restringió significativamente desde 2018. En Estados Unidos, los litigios regulatorios siguen activos. Mientras el debate jurídico se extiende, las poblaciones continúan su descenso. Para empresas como Corteva, que mantienen carteras relevantes en este segmento, una regulación equivalente a la europea representaría presión sobre una porción sustancial de sus ingresos, mientras que la inacción transfiere el riesgo hacia los productores agrícolas que dependen de ecosistemas funcionales.

La lógica circular aquí no es poética: es contable. El sistema que produce las cosechas financia parcialmente los insumos que debilitan el sistema que produce las cosechas. Esa retroalimentación negativa no tiene un mecanismo de autocorrección de mercado, porque el daño se externaliza hacia actores —polinizadores, suelos, comunidades rurales— que no participan en la negociación de precios.

La investigadora Cheryl Schultz, profesora de Biología de la Conservación en la Universidad Estatal de Washington y autora principal del estudio, fue directa: "Nos da un panorama claro de la magnitud de los declives y la necesidad de actuar con rapidez en todos los rincones de nuestro territorio".

El capital que no aparece en los estados financieros

Hay una pregunta de arquitectura financiera que pocas empresas del sector agroalimentario se han hecho de forma sistemática: ¿cuánto vale la polinización silvestre que no están pagando, y qué ocurre con sus márgenes cuando ese servicio se degrada?

La respuesta tiene dos dimensiones. La primera es la exposición directa: procesadoras de alimentos como las que abastecen las cadenas globales de retail ya experimentaron pérdidas vinculadas a déficits de polinización. Estimaciones del sector sitúan el impacto de estos déficits en frutas pequeñas durante 2024 en torno a los $1,000 millones. Las primas de seguro agrícola, sensibles a la volatilidad en los rendimientos, aumentaron un 15% en períodos recientes de alta incertidumbre productiva.

La segunda dimensión es la presión de los inversores institucionales. Fondos con activos bajo gestión superiores a los $10 billones ya incorporan métricas de biodiversidad en sus criterios de evaluación de riesgo. La degradación documentada de los polinizadores no es una externalidad benigna para las carteras de largo plazo: es un pasivo no reconocido que eventualmente aparecerá en las valoraciones.

Mientras tanto, el mercado de restauración de hábitats y alternativas a pesticidas convencionales proyectaba alcanzar los $1,200 millones globales en 2025, con la agricultura orgánica en Estados Unidos superando los $62,000 millones en ventas en 2022 y creciendo a doble dígito anual. El Programa de Reserva de Conservación del USDA tenía matriculadas 22 millones de acres en 2024. Son señales de reconfiguración, pero su escala sigue siendo marginal frente a la magnitud del problema identificado.

Lo que el estudio de Science demuestra con 650,000 puntos de datos es que la naturaleza lleva la contabilidad que los mercados han omitido. Veinte años de declive acumulado, con diez veces más especies en retroceso que en expansión, no es el reflejo de un sistema que se ajusta solo: es el registro de un déficit que fue construyéndose en silencio y que ahora tiene nombre, dimensión y velocidad.

Los líderes del sector agroalimentario, los gestores de riesgo y los inversores que aún tratan la biodiversidad de polinizadores como una variable blanda de sus informes ESG enfrentan el mismo error categorial que cometieron los mercados financieros antes de 2008 con los activos tóxicos: asumir que lo que no se mide no tiene precio, hasta que lo tiene.

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